Wednesday, July 30, 2008

Miguel jue ga el fútbol, Rotraut Susanne Berner / Muy famoso, Philip Waechter

Trad. Moka Seco. Anaya, Madrid, 2006. 40 pags. 10 € / Trad. Eduardo Martínez. Lóguez, Salamanca, 2006. 64 págs. 11 €


El césped de los campos de fútbol puede ser un excelente terreno para el cultivo de álbumes ilustrados. Buena prueba de ello son estos dos últimos fichajes procedentes de la Alemania del Mundial 2006; dos ejemplos que comparten cierta afinidad, en cuanto a su formato y estética y una misma vocación humorística, pero que difieren sustancialmente en el argumento y el tono: aventura costumbrista y humor distendido para los más pequeños frente a complicidad e ironía dirigida a lectores más avezados.
Así, en Miguel juega al fútbol, una simpática familia de conejos improvisa un partido en el campo, transformando la reunión dominical en casa de la abuela en una alocada lección de balompié. La progresiva incorporación en la escena de los parientes (padres, tíos, primos…) permite un gráfico desfile de genuinos y pintorescos personajes, una galería de tipos humanos (a pesar de su aspecto conejuno) que comparten el protagonismo de las ilustraciones con los animales de la granja, estos sí, verdadera fauna.
El texto parodia con acierto el estilo espontáneo y entrecortado de un comentarista deportivo: Narra sin pausa y describe con minuciosidad cada movimiento de los jugadores. La presencia de diálogos —las quejas de los futbolistas y los comentarios de mamá árbitro— incrementa progresivamente la tensión y subraya el tono épico que requiere la ocasión. Todo ello configura un relato especialmente apto para ser leído en voz alta y reforzar con la entonación las posibilidades expresivas y cómicas del texto.
Además de divertir y entretener, el desarrollo de la acción permite mostrar al lector el reglamento del popular deporte. Un glosario, con sencillas definiciones, pone el broche final a esta faceta documental.
El conejo Miguel es un jovial personaje que posee su propia serie de aventuras. Sus andanzas, publicadas en la editorial Anaya, son anécdotas sencillas que transcurren en contextos cercanos para los primeros lectores: la hora de acostarse o de levantarse, las vacaciones en el campo… Rotraut Susanne Berner, la autora, tiene un merecido prestigio internacional, fruto de una productiva y brillante carrera. Sus ilustraciones, de línea clara y gran riqueza cromática, presentan un estilo caricaturesco, caracterizado por la presencia de animales humanizados en escenas alegres llenas de divertidos detalles.
Los dibujos de Philip Waechter, autor del otro álbum que nos ocupa, también son humorísticos y, como los de R. S. Berner, limpiamente contorneados. Igualmente alemán, este autor alcanzó gran éxito con Yo, un pequeño pero poderoso relato capaz de inyectar enormes dosis de autoestima.
Muy famoso también ayuda a quererse, pero desde la comprensión de las propias limitaciones. Y es que este libro invita a sonreír con los deseos de grandeza de un pequeño soñador mientras las imágenes desvelan con humor la verdadera escala de sus logros cotidianos.
«Yo seré futbolista». Con esta determinación comienza la historia, y continúa: «Yo seré un futbolista muy famoso. La gente me reconocerá por la calle…» Página a página, el muchacho protagonista va formulando sus deseos al tiempo que destaca sus principales méritos deportivos «Yo tengo un extraordinario dominio del balón (…) mi gran visión táctica del juego…», cualidades que lo hacen merecedor de un glorioso futuro lleno de éxitos.
Sin embargo, el significado de dichos enunciados, fantástico y ambicioso si leemos únicamente el texto, se ve matizado por las ilustraciones, que aportan un nuevo punto de vista, más ajustado a la realidad. Los dibujos muestran a un pequeño futbolista querido y admirado… en su casa, que triunfa entre los suyos, que domina a la perfección… a su hermano pequeño. Una persona, en fin, que disfruta y exprime al máximo sus pequeñas experiencias vitales.
En esta discordancia entre imágenes y texto reside el principal encanto del libro: lejos de la sátira o el sarcasmo, la ironía del álbum aporta un tono de ternura, de afecto cómplice. El humor es aquí un sutil guiño, fruto de la inteligente desproporción entre palabras y motivos. La voz ingenua y pretenciosa del narrador, junto al testimonio veraz de las escenas ilustradas, sitúan al lector adulto ante un espejo de su niñez. La identificación se refuerza al constatar que los más intensos e inquebrantables sueños de la infancia son en el fondo etéreos y volubles, como la propia fama, a la que puede llegarse por muy variados caminos.
Dos ejemplos de que fútbol y lectura pueden presentarse de la mano y cargados de humor para lectores de cualquier edad.

Posted by calidad200 at 18:10:39 | Permalink | No Comments »

El dia rio de Nina, Nina Lugovskaia

Trad. Manel Martí y Helena Aguilà. El Aleph Editores. Barcelona, 2006, 431 págs. 21 €


Tenía vocación literaria, pero a pesar de contar con algunos hallazgos, lo que prevalece en los diarios de Nina Lugovskaia, es la visión amarga y desengañada de una adolescente en la Unión Soviética de los años treinta. Escritos entre los trece y los dieciocho años, entre octubre de 1932 y el 2 de enero de 1937, fecha de la última anotación, cuando fue detenida junto con su madre y sus dos hermanas y condenada a cinco años de trabajos forzados en el Gulag, y confiscados por el NKVD (la policía secreta precursora del KGB), los cuadernos de esta precoz adolescente revelan un inusitado y lúcido análisis de aquellos tiempos de apoteosis del régimen estalinista. Tal vez porque había sido educada en el seno de una familia de los llamados intelectuales de primera generación. Tal vez porque había sufrido en carne cercana (en el momento de escribirlos, su padre cumplía condena como activista del Partido Socialista Revolucionario) la persecución a la que fueron sometidos quienes se mostraban contrarios a los bolchevique. El caso es que, a diferencia de muchos intelectuales que después serían perseguidos por el propio Stalin, la joven Nina nunca se vio seducida ni por el dictador ni por el régimen comunista.
En los diarios de Nina la experiencia cotidiana de la adolescencia se revela en todas sus facetas, desde la preocupación por el aspecto físico y las transformaciones que experimenta su cuerpo hasta las reflexiones sobre el hambre, ese doloroso vacío físico con el que acabará por acostumbrarse a convivir. Pero si en ellos hay algo que llama especialmente la atención, algo que mantiene su vigencia y que se erige como valor a salvaguardar más allá del desmoronamiento moral de Nina (sometida a torturas físicas y presiones psicológicas, acabó por firmar una acta condenatoria inculpándose de crímenes inverosímiles), es su férrea voluntad por preservar los valores del yo frente a la psicología comunitaria auspiciada por el régimen. Basta detenerse en los subrayados efectuados por los agentes del NKVD, para darse cuenta de hasta qué punto los comentarios de una adolescente eran considerados como una «amenaza» y un peligro para el tipo de sociedad que querían construir los bolcheviques.
Sin duda, el padre —socialista que acabaría por convertirse en un nacionalista conservador, condenado al exilio tanto por el gobierno zarista como por las autoridades soviéticas— algo tuvo que ver con las actitudes de la joven Nina, tanto con las que la llevaron a defender al individuo frente al sistema, como con las relacionadas con no pocos prejuicios racistas antijudíos. Pero también hay que tener en cuenta unos gustos literarios clásicos (desde Lermontov a Tolstoi, pasando por Gogol) que no sucumbieron a las experimentaciones vanguardistas del momento.
En tanto que fruto adolescente, no podía ser de otro modo, la escritura de Nina Lugovskaia es egocéntrica y autorreferencial, a veces resulta repetitiva (a pesar del trabajo de edición) y tediosa, pero en ella también podrán satisfacer su curiosidad quienes quieran profundizar en el conocimiento de la microhistoria durante el régimen soviético y de la vida de quienes lo padecieron. Porque a pesar de la inseguridad y los miedos que le ocasiona su ambición literaria o, paradójicamente, gracias a ellos, Nina Lugovskaia también escribió para ser leída, aunque no podía ni imaginar que sus cuadernos requisados iban a guardarse en los archivos del NKVD y, mucho menos, que años más tarde, serían «descubiertos» por Irina Osipova, quien los transcribió, editó y dio a conocer.

Acerca de Rod erer, Guillermo Mar tínez

Destino, Barcelona, 2006. 144 págs. 16 €


El ajedrez es uno de los juegos más antiguos de la historia y cuya dramaturgia escénica atrajo la mirada literaria de quienes vieron en esta contienda del intelecto, sobre el tablero, una perfecta metáfora del mundo y del alma humana. De hecho, el ajedrez se introdujo pronto en la literatura, a través de los cantares de gesta y romances, al igual que fue un motivo central en novelas alegóricas como El Roman de la Rose, Gargantúa y Pantagruel de Rabelais y en El Quijote, donde Sancho habla del ajedrez como gran teatro del mundo. Desde entonces ha sido el tablero de numerosos y espléndidos libros, como El Gambito Von Goom de Contoski, La Defensa de Nabokov y de otras narraciones firmadas por Max Aub, Stefan Zweig o Pontiggia, que indagan en su valor como elemento fantástico, su paralelismo con la guerra o a modo de reflexión sobre la condición humana.
Argumentos que se enriquecen con la aparición de Acerca de Roderer. La interesante e inusual novela, editada en Destino, donde el argentino Guillermo Martínez relata el antagonismo y la evolución de dos jóvenes que representan la inteligencia asimilativa que se aviene con la vida y aquella otra que raya la genialidad y se vincula a la locura y al suicidio. El eje narrativo que Martínez estructura y despliega mediante el desarrollo de la historia del narrador que persigue la reafirmación de su identidad y de su mundo interior y la del joven Roderer que intenta desarrollar un sistema filosófico que le permita determinar un nuevo entendimiento humano. Una búsqueda que conlleva pareja la peligrosidad del misticismo intelectual, el uso de drogas como el opio y un distanciamiento del mundo emocional que, en la novela, simbolizan la hermana del narrador y la madre de Roderer. De ese modo, Guillermo Martínez relata y reflexiona acerca de las dos maneras de interpretar los retos del pensamiento y de encontrar su destino en la vida. Posiciones, movimientos y objetivos, sobre el tablero de la novela, representadas por los dos protagonistas cuya amistosa rivalidad simboliza las diferentes maneras de indagar, a través de la lógica, la teología, las matemáticas, la filosofía, el arte y el Fausto de Goethe, en el conocimiento y sus peligrosos límites. Al mismo tiempo que el autor aborda los claroscuros psicológicos de la locura y la búsqueda absoluta del conocimiento, como liberación. Todo ello escenificada literariamente mediante el duelo entre dos alfiles, los dos protagonistas, que se abre en la inicial partida de ajedrez que representa la metáfora de la inteligencia de cada personaje, las claves de su compleja relación intelectual y emocional y el papel que desempeña una mujer que une a ambos, mediante un amor fraternal en un caso y platónicamente sacrificado en otro.
El resultado es una sugerente novela, sostenida por la riqueza psicológica de sus personajes y por un lenguaje ágil que busca el pensamiento activo y distante del lector, igual que si estuviese observando esa partida de ajedrez metafórica y que funciona también a modo de atmósfera invisible de la trama. Pero sobre todo es la confirmación de que Guillermo Martínez es un escritor inteligente, atrevido y maverick dentro de un mercado narrativo al que le sigue faltando el viaje de la imaginación y solventes apuestas del lenguaje.

Posted by calidad200 at 18:09:26 | Permalink | No Comments »

Doble mira da: Antón Chéjov, Natalia Ginzburg

1.
Trad. Celia Filipetto. Acantilado, Barcelona, 2006. 83 págs. 9 €


Un libro como Antón Chéjov, de Natalia Ginzburg, puede servirnos, además de para disfrutar de un lectura reposada y atenta, sin estridencias ni desarreglos, para observar de qué manera ven los escritores la historia del medio en el que trabajan y de qué manera consideran a sus predecesores o a sus contemporáneos; cómo cambia la manera de abordar, construir y entender las ficciones, los ensayos, la poesía… Cada periodo de la historia de la literatura tiende lazos con otros momentos y con otro tipo de literatos. ¿Por qué? ¿Cuáles son las afinidades que se establecen entre escritores de diferentes épocas o de diferentes culturas? ¿Para qué nos sirve a los escritores actuales (y en general a cualquier lector) mantener un contacto con la historia de la literatura?
En su concisa biografía sobre el genial escritor ruso, Natalia Ginzburg nos ofrece una visión histórica, teórica, emocional y, ante todo, estética, que proyecta una imagen del retratado y de la retratista. Algo así podría servirnos para explorar la concepción que tenemos de los ensayos, pues muy a menudo Natalia Ginzburg entra en el terreno de la subjetividad aunque pretenda mantenerse en el de la objetividad. Janet Malcolm, por su parte, mezclaba de forma abierta todas las metodologías posibles en su impresionante Leyendo a Chéjov (Alba, 2004), que es al mismo tiempo un estudio crítico, un libro de viajes, un diario o una biografía; es también un cuestionamiento de los géneros, una pregunta lanzada a quienes, desde las academias, presuponen unas invariantes concretas para cada modelo literario. Leyendo a Chéjov no es tanto un libro como un experimento para encontrar un nuevo tipo de literatura, algo similar a la obra de Enrique Vila-Matas; los Relatos reales de Javier Cercas; Campos de Flandes, de José Luis de Juan; Vida de fantasmas, de Gonzalo de Lucas; Lugares que no cambian, de Eduardo Jordá; Sueño, fantasmagoría, de José Luis García Martín; Historia universal de Paniceiros, de Xuan Bello; Animales melancólicos, de Luis Sáenz Delgado; o el genial Dejad que baile el forastero, de Jaime Priede.
Como Natalia Ginzburg es una novelista sutil, no siempre resulta fácil saber hacia dónde nos quiere llevar, ni en Antón Chéjov ni en muchas de sus propias novelas. Quizás eso explique que en muchas reseñas de su biografía del escritor ruso se comente, con un matiz de desconcierto y desilusión, que el fraseo es rítmico pero demasiado leve, sin el brillo de los adjetivos ni la tensión sintáctica de los grandes estilistas. Me consta que hay quienes entran en el libro y salen de él sin gran aprovechamiento, perplejos como si hubiesen leído un cuento de Agota Kristof que no les dice nada. Sin embargo, Natalia Ginzburg, además de fijar la figura de Chéjov entre Fedor Dostoievski y Máximo Gorki, le coloca en varias ocasiones al lado de Lev Tolstói, para contrastar a ambos y proponer con ellos dos modelos literarios, uno decimonónico y otro moderno. Cuando Tolstói reconoce en Chéjov talento y buen corazón pero no «un punto de vista bien definido sobre la vida», lo que de verdad está reconociendo son las limitaciones de la vieja guardia para entender el peso y el significado del ámbito doméstico en la existencia humana. Tolstói tiene una visión histórica del hombre que todavía no contempla el valor de la intimidad. Por eso nunca vio ni en los cuentos ni en las obras de teatro de Chéjov «una solución a los más graves problemas de la existencia». ¿Qué solución habría de tener quien nació en un hogar inestable y arrastró desde su juventud una salud quebradiza, que en sus diez últimos años empeoró hasta conducirle a la muerte? Natalia Ginzburg nos recuerda que, en su infancia, Chéjov habitó un hogar sucio, frío y lleno de ratones, donde convertirse en un buen alumno en la escuela era un objetivo inalcanzable. Su padre gritaba con el puño cerrado y era avaricioso; su madre quedó exhausta tras un buen número de embarazos seguidos; sus hermanos Alexandr y Nikolai llegaban borrachos a casa desde una edad muy temprana… Sólo le quedaba su hermana María, que por él renunció a todo, incluso al matrimonio. María. A ella y a los demás miembros de su familia, Chéjov los arrastró a lo largo de su vida y de su obra, como quien arrastra una maleta con sus únicas pertenencias.
El escritor ruso no tenía cartas para ganar ninguna partida. Escribía pequeños cuentos, primero humorísticos, luego más dramáticos; siempre pequeños, diminutos. Una vez aseguró que «mientras en la literatura exista un Tolstói, ser escritor resultará sencillo y hermoso; sin él, seríamos un rebaño sin pastor». Algo así podríamos decir nosotros de Chéjov; sin él, seguramente las tinieblas a nuestro alrededor serían más espesas, más ominosas. No.
Natalia Ginzburg nos demuestra en este librito que la construcción de los sueños no es tan simple como podría parecer. A veces se parecen demasiado a la realidad y pasamos de largo, sin darnos cuenta. O huimos y les negamos el saludo a quienes intentan construir esos sueños, que no siempre son seres accesibles o fáciles, sanos. Para conseguir lo imposible, a veces uno tiene que estar dispuesto a forzar los límites de lo posible, atravesar la desgracia o la enfermedad. Eso nos cuenta Natalia Ginzburg en Antón Chéjov, que es algo más que un simple ejercicio emocional donde se pone de manifiesto la devoción de un escritor por otro, es también un buen punto de partida para explorar de qué manera fue influida la escritora italiana por la técnica y el lenguaje de Chéjov o para observar cómo a menudo los escritores viajamos en el tiempo y en el espacio en busca de una señal que podamos arrastrar hasta el presente y que conecte a los vivos con los muertos.

2.

Marta Sanz.

La vida de Antón Chéjov no parece a simple vista muy interesante. Tan sólo fue un escritor que luchó por su supervivencia y la de los suyos. No fue un héroe romántico que participara en las batallas de una Historia convulsa; ni siquiera, un hombre excéntrico o autodestructivo. Chéjov, muchacho de familia humilde, consiguió estudiar medicina y pudo ganar dinero con sus obras. Se casó una vez y murió joven. El interés de Natalia Ginzburg por los avatares biográficos del autor nace de la intensidad de su literatura, de cómo la materia de una vida sencilla en un mundo siempre complicado se proyecta en La gaviota, El pabellón número 6 o La dama del perrito. Natalia Ginzburg, sin grandes frases, aborda un modo particular de mirar que está en su vida y en sus textos: Natalia nos cuenta de Antón y nos está contando de ella. Los nombres propios se entrelazan, como lo privado y público, como la vida y la literatura, y la autora deja entrever las delicadas redes que vinculan la vivencia con esa perspectiva singular que termina por convertir a un escritor en un clásico. Ginzburg se cuela por el ojo de cerradura de la intimidad de Chéjov y nos hace llegar, con una mirada poco sentimental y escueta, las pinceladas para entender la personalidad y las condiciones de creación de un escritor que se mueve en uno de los panoramas literarios más interesantes del siglo XIX: el de la Rusia misérrima de un Dostoyevski y un Turguenef ya muertos; de un Tolstoi que es como una masa gelatinosa, cargante e imprescindible; de un Gorki que da sus primeros pasos desde sus convicciones marxistas… Natalia Ginzburg consigue lo más difícil en una biografía: hacer creíbles los sentimientos de un personaje que fue hombre, meterse por debajo de su piel y asumir la responsabilidad de ofrecernos lo más oculto del otro con verosimilitud y sin devaneos psicoanalíticos. La sensibilidad, el pudor y ese efecto como de ir andando de puntillas por la vida privada del otro, además de la naturalidad con la que se concatenan los acontecimientos, confieren al libro agilidad y nos muestran una biografía, que aproxima el personaje a un lector-escritor que se identifica con él por muchas pequeñas cosas: la amistad de alguien con quien se está en desacuerdo (el editor Suvorin); la admiración y sus matices (Tolstoi); la necesidad de ser reconocido y el desmoronamiento ante las malas criticas que no se supera con el placebo de las buenas (el teatro); el miedo al compromiso, la conciencia cruel de la debilidad de los amantes (¡Maravillosa Lika!, la mujer que servirá de modelo para La gaviota); esa prudencia púdica de los autores que, tras haber observado obscenamente el corazón de los demás, se cuidan de que sus amigos puedan reconocerse en el dibujo de un personaje… Y en el caso de Chéjov, el extraño vínculo que mantiene con su hermana Maria, la mujer que permanece soltera por los gestos casi invisibles del hermano, la que se lamenta cuando Chéjov se casa. Ante circunstancias morbosas, Natalia Ginzburg escribe con letra pequeña, pasa por encima y, en su levedad, deja un rumorcillo en el estómago del lector, enganchándolo a la tela de la araña, seduciéndolo con una sutileza que provoca que cada lector se sienta responsable de sus malos pensamientos, de su imaginación enfermiza, de su afán por saber. La necesidad de supervivencia fuerza en gran medida la escritura de Chéjov y le aboca a la selección de un género, el cuento, que también se forja a base de limitaciones de espacio —el concedido por un periódico—, y de restricciones ideológicas —las de la censura. El concepto de limitación invita a reflexionar en torno a una idea de lo creativo que se coloca en las antípodas de los románticos espacios abiertos. Como si escribir fuese una manera de ponerle puertas al campo: las puertas de los géneros, del mercado, de la supuesta libertad de expresión. El cuento como mezcla de concentración y sutileza y la visión triste de la literatura, tan demonizada por los editores actuales que quizá consideran a los escritores pesimistas unos aguafiestas del statu quo —«usted escribe cosas demasiado tristes», argumentan para excluir ciertos nombres de sus catálogos—, están en Chéjov y están en Ginzburg… La tristeza en la literatura no es una invitación a la inmovilidad, al escepticismo o a la desesperanza, sino una constatación que permanentemente es excedida por la radicalidad de la muerte: en uno de los cuentos más bellos de Carver, Tres rosas amarillas —una expresión del deseo del escritor estadounidense de ser influido por el ruso: las influencias reconocidas suelen ser más deseos, que realidades—, Chejov, solo con Olga, en la habitación de un hotel, se siente morir; llaman a un médico que ante la imposibilidad de salvar a su paciente, encarga una botella de champán, de la que Antón bebe una copa; un poco después, expira. A veces la vida imita al arte o quizás es que la mirada convierte la existencia en algo artístico. Como en la biografía de Chéjov firmada, sin alharacas, por Natalia Ginzburg.

Nou velles. Antología del nuevo cuento francés, Eduardo Berti (ed.)

Ed. Eduardo Berti. Trad. y ed. Eduardo Berti y Mariel Ballester. Páginas de Espuma, Madrid, 2006. 156 págs. 15 €

Lo sabemos todo, o casi todo, sobre la novela francesa contemporánea, pero nada, o casi nada, sobre el cuento francés actual. Precisamente la edición de este libro, a cargo del escritor argentino Eduardo Berti, pretende llenar este vacío al ofrecer un amplio panorama sobre lo que se cuece en el país vecino. Con ese afán Eduardo Berti realiza una selección que abarca diferentes estilos y autores bajo el denominador común de la contemporaneidad de los textos. El resultado es satisfactorio no sólo por la diversidad de los mismos, sino por la calidad de algunos de los cuentos incluidos. Es esta circunstancia, más allá de la pura intencionalidad ilustrativa, lo que justifica su lectura: no es fácil encontrarse con cuentos de primera fila, sean franceses o de cualquier otra nacionalidad, y su descubrimiento es toda una experiencia para cualquier lector.
Primeramente, yo invitaría a cualquier espíritu inquieto con alma de voyeur a introducirse en las habitaciones y pasillos de la casa en la que se desarrolla Liturgia, de Marie-Hélène Lafon (1964), para descubrir, tras los velos de vapor que inundan el baño, una realidad opresiva, casi espantosa. Liturgia es, sin duda, una narración excepcional, fuera de lo común. El Reloj, de Hervé Jaouen (1946), de un clasicismo impecable, con un inteligente final circular, es otro de los textos altamente recomendables de esta antología. Lo es también Ariane, de J.M.G. Le Clézio (1940), una cruda historia ambientada en los arrabales casi oníricos de una gran ciudad: su esquema dinámico, el ritmo de escritura, y la atmósfera, por momentos de cómic manga, revelan una mano poderosa. En Manuscrito encontrado en Sarcelles, Didier Daeninckx (1949) ironiza con gran inteligencia y sentido del humor sobre el mundillo/ejo literario. El Tutú, de Paul Fournel (1947), narra los deseos de escapar de la cotidianeidad que nos aplasta a través de una narración en apariencia bastante vulgar que, sin embargo, estalla magistralmente en su recta final. ¿Por qué?, de Alain Spiess (1940), o La profanación de los cementerios, de Vincent Ravalec (1962), son también buenos ejemplos de un seductor paisaje narrativo.
Por supuesto, como sucede en casi todas las antologías, la calidad de los relatos es desigual, como diversa es la variedad de estilos y edad de los autores. Precisamente en esta diversidad se vislumbra el esfuerzo de Eduardo Berti por ofrecer un panorama amplio de la actividad cuentística de nuestros vecinos. Incrementa el interés de la edición un interesante prólogo de Berti sobre la situación del cuento en Francia –un enfermo grave con síntomas de recuperación– y la percepción de los propios escritores al abordar el género, así como una semblanza de cada uno de los autores que participan en esta antología. Una propuesta honrada y sugerente, en definitiva, que merece mejor destino que el terminar bajo el peso insoportable de los mil y un best seller sobre cátaros, cálices sagrados y confabulaciones masónicas que inundan nuestras librerías

Posted by calidad200 at 18:03:23 | Permalink | No Comments »

Dios es re dondo, Juan Villoro

Anagrama. Barcelona, 2006. 284 págs. 15 €

La fotografía de Henri Cartier-Bresson en la portada del libro habla. Todos los sacerdotes miran el balón en juego. Resulta más apropiada que la archiconocida de Massat, en la que los seminaristas de Madrid patean la esférica, porque la mayoría de los gentiles miramos el fútbol desde las gradas o detrás de la pantalla y nos emociona más la periferia que lo que sucede en el terreno de juego. Los partidos del fanático no duran 90 minutos.
Dios es redondo es una crónica que rompe la frontera del texto periodístico para recorrer los senderos del ensayo. Villoro ha acostumbrado a sus lectores a sus interrupciones epifánicas, en la que se basa su voz narrativa. Esas sentencias rotundas e ingeniosas constituyen perfectos epitafios. De Javier Clemente, seleccionador de España en Francia 98, dice: «Desde la invención del café descafeinado no se veía un supresor de intensidad tan eficaz»; de Carlos Valderrama, el jugador colombiano de oxigenada melena: «el aburrimiento es la sofisticada diversión del dandy: el Pibe bosteza mientras patea portentos»; y de Ronaldo: «Es el único jugador que sólo compite contra sí mismo».
Ficcionador, una de las voces más sólidas del panorama actual, y cronista de varias aventuras alrededor del globo, Villoro se pasea por las ligas nacionales y por los mundiales. Al hablar de Nelson Rodrigues, el escritor-locutor que bautizó a Edson Arantes como Rey Pelé, dice una frase que bien describe el tono del libro: dice verdades que nunca se rebajan a ser objetivas.
Dios es redondo comienza como comienzan las buenas crónicas, con la exposición del cronista en toda su desnudez. «Es difícil aficionarse a un deporte sin querer practicarlo alguna vez. Jugué numerosos partidos y milité en las fuerzas inferiores de los Pumas. A los 16 años, ante la decisiva categoría Juvenil AA, supe que no podría llegar a primera división y sólo anotaría en el Maracaná cuando estuviera dormido». Y a partir de la dolorosa verdad, Villoro se dedicó a disfrutar del fútbol desde otro ángulo, como sólo lo disfrutan aquellos que nunca ganan o los que ganan siempre.
En el libro escruta comportamientos y sentimientos de casi todos los grandes del fútbol del último medio siglo. Cruyff, Di Stéfano, Beckenbauer, Baggio, Figo, Maradona, Pelé, Matthaüs, Rivaldo, Ronaldo, Ronaldinho, Zidane, que entablan un duelo con actores de las gradas, como Mick Jagger, la Cicciolina, Vázquez Montalbán, Italo Calvino o Samuel Beckett. Villoro despliega toda su capacidad para tejer coordenadas disímiles y convincentes.
Suprime tiempos y lugares para comparar dos selecciones o dos jugadores: «la selección colombiana de 1990 y 1994 jugó como si tuviera permiso para perder. En este sentido se apartaba de la gran selección peruana de México 70»; desmitifica: «en el fútbol moderno un equipo dirime intereses millonarios dos veces a la semana. Esto ha llevado a una tensa relación entre los remedios químicos y el peligro de que sean descubiertos», y asume un perspectiva del académico callejero: «El futbolista debe combinar el narcisismo del que desea mostrarse a toda costa, la vocación de encierro de una monja de clausura y la capacidad de tolerar hedores de un presidiario».
Se hace un recuento por el caso Figo, por la tragicomedia de Maradona y por los intríngulis de los dos últimos mundiales, en los que Villoro fue corresponsal de La Jornada. Lo mejor del libro, sin embargo, es el «tercer tiempo, ese rato de cervezas donde lo único mejor que ver un gol es recordarlo», porque promueve los recuerdos propios aunque no estén reseñados en las páginas que se leen. El gozo del fútbol y de la tribu.

Posted by calidad200 at 18:01:51 | Permalink | No Comments »

Solo con in vitación: Salva dor Gutiérrez Solís

El sentimiento cautivo

Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005. 292 páginas, 15€

¿Qué entendemos por literatura popular? ¿La deliberadamente orientada al gran público? ¿La que los propios lectores convierten en obra de masas? ¿Resultan incompatibles la calidad y la cercanía? Salvador Gutiérrez Solís provoca, desde sus primeros títulos, estas preguntas: un escritor de vocación mayoritaria, que desarrolla historias muy atractivas con un estilo sencillo y visualmente potentísimo, muy cinematográfico, atrapando desde las primeras líneas. Obras como La novela de un novelista malaleche o Spin off no desentonarían en el catálogo de una editorial todopoderosa, o sí: endiabladamente bien escritas, su carpintería revela a un autor de solvencia bastante superior a la media. Esta situación podría —debería— cambiar con El sentimiento cautivo.
Lejano por tono y tema a sus obras anteriores, El sentimiento cautivo es, desde su planteamiento, un texto de oficio. La estructura —fascinante— es, a la vez, un juego cervantino y de matriushkas: tras escribir un artículo sobre los creadores censurados en la Córdoba de la dictadura, un periodista recibe, de manos de una anciana, el relato de un año en la vida de la madre de un célebre pintor coetáneo a él. Es decir, el periodista halla un manuscrito —las memorias de Adela Guzmán— que presenta como novela, bifurcando la acción en dos planos: el de la narración de Adela —a su vez, narración de los hechos vividos con Mercurio, y de un alegórico viaje posterior en su busca—, que transcurre en los años 50, y el de la lectura de Julio, en la actualidad, que transforma su labor creadora conforme la lectura avanza y los secretos se descubren. La historia es sencilla: Adela Guzmán, propietaria de una droguería, huérfana, emprende una relación —mitad amistad, mitad amor platónico— con el pintor Mercurio, bohemio y polémico en la posguerra provinciana.
Sobresalen, fagocitando a Julio, Adela y Mercurio, atípicos por características y contexto en la trayectoria del novelista. En ellos reside, creo, el mayor hallazgo de El sentimiento cautivo: sufre el lector con ellos, se alegra con ellos, se identifica porque son creíbles. Aunque el tono de Adela coquetea con el tópico —«También le sorprende a Julio el estilo literario de su madre. Un estilo cursi, ñoño y recargado para su gusto, pero que denota cierto manejo del lenguaje y de las formas», escribe en los primeros capítulos Gutiérrez Solís, en un gesto quizás autoparódico—, especialmente en el viaje en tren, no cae nunca en él, evolucionando la actitud de la mujer conforme la narración avanza. Sin embargo, y por encima de Adela, la verdadera estrella es aquí Mercurio: un personaje apasionante y apasionado, dibujado a base de excelentes diálogos, de los que valen —sí, es una sugerencia— para varias novelas.
El sentimiento cautivo habla, en resumen, de la libertad: para pensar, actuar y sentir. Pero también reflexiona en torno a la creación libre, la de Mercurio, la de Germán Bonares, la del propio Julio Guzmán tras conocer sus orígenes. Desconozco si sus próximas novelas continuarán el rumbo que El sentimiento cautivo ha iniciado, o se acercarán más a relatos como La memoria del fotógrafo, incluido en la antología Golpes (DVD, 2004). Lo que sí es cierto es que El sentimiento cautivo marca un punto de inflexión en la trayectoria de Gutiérrez Solís, amplificando público y probando en un terreno diferente, mucho más emocionante, que consigue el que —a mi juicio— debe ser objetivo prioritario: conectar con el lector. ¿Literatura popular, entonces? Si el fruto es una novela como El sentimiento cautivo, bienvenida sea, pues.

Salvador Gutiérrez Solís: «Lo que más me apasiona de la literatura es la posibilidad de seguir aprendiendo»

—La Guerra Civil y la posguerra más inmediata son temas habituales en la narrativa española reciente; sin embargo, tu novela aborda una época más desconocida para los lectores. ¿Crees que revisar desde la escritura estos años es necesario? ¿Por qué crees que el exilio, y más el exilio interior, ha atraído tan poco a los escritores?
—La mal llamada Guerra Civil y sus terribles aledaños han sido el argumento de infinidad de novelas; de hecho, en la actualidad vivimos una auténtica eclosión del tema, en lo que ya casi podríamos definir como un nuevo género –que los estudiosos bautizarán próximamente. Algunos títulos son piezas claves sin las que nos sería muy difícil de entender la narrativa española del siglo XX, y del XXI, a tenor de las últimas publicaciones.
No situaría El sentimiento cautivo dentro de este grupo de novelas. El franquismo sólo dibuja un triste decorado que se repite en todas las dictaduras, y del que me valgo para contar otras historias. En El sentimiento cautivo apenas me detengo en la represión política o en los sucesos o efectos de la guerra, que suelen ser características fundamentales de las novelas a las que me refería anteriormente. Abordo la represión artística, pero, sobre todo, El sentimiento cautivo es una novela sobre la represión emocional o sentimental que padecieron millones de personas. Una represión masiva, la gran pandemia del franquismo. Lesbianas, homosexuales, ateos, amas de casa, matrimonios fracasados, hijos ilegítimos, relaciones humanas, vidas, en definitiva, condenadas a desarrollarse en las alcantarillas de la sociedad porque no coincidían con la moral que el régimen impuso.
El franquismo creó millones de islas emocionales, personas que lo desconocían todo, que ignoraban otras formas de vida, de relacionarse, otras formas de amar. Adela Guzmán es una de estas islas, y, a su modo, con más arrojo que lógica, quiso escapar de su isla, una vez descubierta la desconcertante luz de Mercurio, su única brújula en la tormenta. Se pega un buen chapuzón mi adorada Adela, pero creo que sólo el viaje, intentarlo, le mereció la pena…
—El humor (en forma de sátira, parodia o ironía) era una constante en tus anteriores novelas. Sin embargo, en El sentimiento cautivo ocupa un plano más que secundario… ¿La historia no lo pedía?
—Como lector me aburren profundamente esos escritores que repiten la misma novela, una y otra vez, a lo largo de su vida literaria. Como escritor lo que más me apasiona y atrae de la literatura es la posibilidad de seguir aprendiendo —formal/técnica/humanamente—, siempre en el camino, avanzando, sin ver ese rótulo donde debe aparecer la palabra «meta». En El sentimiento cautivo me he probado una vez más, de diferentes maneras: colándome bajo la piel de una mujer; adoptando una nueva voz; alejándome de todas mis anteriores novelas; construyendo una historia «más normal» sin renunciar a ser yo mismo; visitando registros y lugares que me eran desconocidos.
Indiscutiblemente, el tema, la historia, no dejaban mucho espacio para el humor y la ironía. No podemos olvidar que fueron cuarenta largos años de millones de lágrimas y apenas unas cuantas sonrisas, y casi siempre cautivas.
—¿Conoceremos los lectores otro año de Mercurio más? ¿O es un personaje cuyo ciclo ya se ha cumplido?
El sentimiento cautivo es el principio y final de Mercurio, Adela, Julio y todos los personajes que habitan la novela. No se me ha pasado por la cabeza mantenerlos o continuarlos en una nueva historia. Ya me tuvieron que aguantar mucho, los pobrecillos, con la que ya tuvieron que aguantar ellos, además, como para que les siga dando la tabarra…
—Tras el punto de inflexión que El sentimiento cautivo supone, ¿en qué proyecto trabajas actualmente?
—Me devano los sexos en una novela muy extensa que mis editores tratarán de liposuccionar, en la que se entrecruzan tres historias completamente diferentes, que podrían funcionar perfectamente individualmente, pero que globalmente adquieren otra dimensión, igualmente unitaria. Una novela muy contemporánea, muy urbana.
Igualmente, estoy bombeando sangre, malaleche y humor en el alocado corazón de Germán Buenaventura. O lo que es lo mismo: reviso el regreso del Novelista Malaleche, que para este otoño —presumiblemente— estará de nuevo en las librerías. Aún no quiero adelantar el título, pero sí puedo avanzar que es mucho más divertido, más tenaz, más incisivo y más metaliterario que La novela de un novelista malaleche.
Como antes decía: más camino, más aprender o intentarlo, buscar en el baúl de las palabras, querer contar las cosas de otro modo, o a mi modo, no sé.

Rela tos, John Cheever

Emecé. Barcelona, 2006. 520 págs. (vol. 1) / 498 págs. (vol. 2). 22,50 € c.u.


John Cheever nunca tuvo demasiada suerte. Alcohólico durante muchos, demasiado años, su vida estuvo marcada por su condición bisexual, que nunca acabó de asimilar, y por su literatura, que no acababa de ver valorada a la altura de otros contemporáneos suyos como Hemingway o Capote. Solo al final de su vida alcanzó cierto triunfo, cuando sus relatos fueron premiados con el Pulitzer y cuando se le consideró el principal favorito para ser galardonado con el Premio Nobel. Y fue entonces, cuando estaba empezando a disfrutar del reconocimiento, cuando falleció, a los 70 años, después de haber escrito cinco novelas y más de ciento cincuenta cuentos, la mayoría de ellos para la revista The New Yorker.
Aparece ahora en las librerías, publicada por Emecé, una recopilación de los relatos de Cheever en castellano. Ya con anterioridad se han editado en nuestro país otras antologías del autor pero esta es, sin duda, la más completa. Quizás las más completa posible, porque hay ciertos relatos que Cheever, o sus herederos, siempre se han negado a que fueran reeditados. Se trata de cuentos que, él mismo Cheever confesó, fueron escritos en su día como mero recurso alimenticio, para conseguir llegar a final de mes, cuando no totalmente llevado por el alcohol, completamente borracho, más de lo habitual. Son quince o veinte cuentos, entre los cuales algunos de sus seguidores creen que hay verdaderas joyas, cuentos que han pasado ya al terreno de la mitología, de la búsqueda de tesoros, de la leyenda.
Al margen de estos cuentos, los dos volúmenes de relatos que presenta Emecé constituyen una oportunidad única para descubrir o volver a disfrutar con este autor que sin duda en la faceta de cuentista fue donde alcanzó sus mayores logros. Sería injusto destacar algunos relatos por encima de otros, pues estamos hablando de un nivel excepcional en todos los casos, pero cuentos como El nadador, El ladrón de Shady Hill, Adiós, hermano mío o El marido rural son una muestra del altísimo valor literario de Cheever.
Un valor, además, que no se agota en sí mismo, pues el peculiar modo de escribir cuentos de Cheever, la articulación de todo un mundo a partir de una anécdota, el tomar un hecho cotidiano, sin importancia aparente, y construir a partir de él todo un entorno, una atmósfera, una realidad, es algo que influyó sobremanera en los escritores estadounidenses (sobre todo los cuentistas) que vinieron detrás de él, en especial en Carver y los autores del llamado realismo sucio. Puede decirse que sin Cheever la literatura norteamericana no habría sido lo que es hoy, no habría evolucionado en esa dirección. Por ello, además de por el mero placer en sí de leer estos cuentos, estamos una obra de altísima importancia

sandaliascomplementoirresistibleirresistiblesalucine alucinesalucinasbolsosalucinandoalucinadaschicostemporadatemporadas modernosveranoinviernomaravillosovanidadvanidades triunfadoresconfundidohartoshartasepilogoepilogosminutos poesiasconsciente

Posted by calidad200 at 18:00:58 | Permalink | No Comments »

Un amor clan destino, Gilles Rozier

Traducción de Jordi Martín Lloret. Salamandra, Barcelona, 2006. 157 págs. 11,90 €


Un amor clandestino resistiría mal el análisis precipitado que mi primo el Nueves —apoda­do así por ser más chulo que un ocho— realizaría aplicando lo que él denomina «la infalible regla literaria de los dedos de una mano: argumento —a éste reserva el pulgar, más carnoso—, estructura, héroes, fondo y tono». Mi primo, aficionado a las paradojas, apoya su tesis levantan­do la siniestra, que luce seis hermosos dátiles. Cosas de la biología.
Para empezar, Un amor clandestino cuenta una historia sencilla, de las que se resu­men en tres o cuatro renglones. Habla de la Francia ocupada y de cómo alguien sin ideales mayores se esfuerza en salvar de los nazis a un judío polaco. Si sencilla es la historia, qué podría decirse de su estructura: el sujeto, ya anciano, toma el té con nosotros y nos relata aquellos años de la II Guerra Mundial, sus mejores años, sin apenas salirse de la línea recta. Alguna disqui­sición sobre los tiempos modernos, la pureza decepcionante de un CD sin las quejas del vinilo y poco más. Con estos mimbres, podemos imaginar qué clase de héroe resulta. Tenemos un protagonista que vendería a su madre por un libro de Thomas Mann, preferentemente La muerte en Venecia, y que no destaca por su sensibilidad ante los problemas ajenos.
A estas alturas mi primo ya habría tirado el libro. Yo, más tozudo que él, recomiendo seguir con la regla de los cinco dedos. La búsqueda del fondo en una obra ayuda a abrir más de una puerta. En ésta, sin duda, ocurre. Un amor clandestinoUn amor sin resistencia, traduciendo con fidelidad— no pretende hablar de la familia, ni del buen hacer de alguien capaz de jugarse la vida por llevar a su sótano a un perseguido y mantener una relación carnal, muy carnal, con él. Ni siquiera aspira a darnos un curso acelerado de aprendizaje de yiddish para conocedores de la lengua alemana, aunque en algún momento pudiera parecerlo. Habla, sencillamente, de la más íntima culpa, de la culpa con minúsculas, la que emana del pecado de omisión que nadie percibe o quiere percibir. Nuestro héroe, en plena vejez, tiene un último recuerdo hacia una señora que apenas trataba, que formaba parte del paisaje de su pequeña ciudad, que alguna vez lo abrazó con afecto. Era judía. Todos, también él, volvieron la cara cuando el invasor puso en marcha su particular sentido de la «limpieza».
Gilles Rozier desciende de judíos, según he podido indagar en nuestro socorrido Internet. Sus abuelos murieron en Auschwitz. La solapa del libro nos cuenta que es director, en París, de la Casa de la Cultura Yiddish. Sus novelas, breves, hablan de semitas de hoy, de judíos que sobrevivieron al sinsentido o del mismísimo MoisésLa promesse d’Oslo (2005), Par-delà les monts obscurs (1999) y Moïse fiction (2001) son ejemplos de lo que subrayo—. En Un amor clandestino —publicada en su país en septiembre de 2003—, Rozier hurga en la conciencia de una Francia no tan lejana. Y lo hace con el tono preciso, con un aguijón tan fino que apenas duele, con la cadencia desangelada de un protagonista educado pero distante, único en sus gustos, económico de gestos y de sentimientos, merecedor de ser conservado en el arcón de la memoria literaria. Para muestra, un par de botones: «… Yo no entendía por qué; suponía que porque eran judíos, o ajudiados, pero aún no comprendía muy bien el significado de esas palabras. Por lo general me horrorizaba no comprender las cosas, pero aquéllos eran tiempos de confusión y eslóganes rápidos»; «… si todos los jóvenes de mi generación se hubieran cargado a escondidas al alemán que se acostaba con su hermana […] en menos que canta un gallo nos habríamos librado del ejército del Reich.»
Un amor clandestino es un libro liviano, ameno, de apariencia digerible, que, leído con atención, se clava en la garganta antes de alcanzar el estómago y ser defecado, quedándose ahí por tiempo y tiempo. ¿Se puede pedir más?

Contra na tura, Ál varo Pombo

Anagrama. Barcelona, 2005. 568 pp. 22 €

Puede que no sea la mejor de todas sus novelas, y puede que sus 550 páginas resulten por momentos excesivas, pero cualquier novela mediana de Álvaro Pombo basta para superar con holgura el nivel de la mayoría de libros que cada año se publican en España.
Contra natura es una suerte de tratado contemporáneo sobre la homosexualidad masculina en nuestro país, una indagación en sus raíces, pedagogía y evolución desde el franquismo de los seminarios a la posmodernidad de Chueca. La novela dibuja un cuadrado de moral sexual, o de sexo moral, en el que cada lado es un personaje que vive su condición desde una perspectiva diferente según su temperamento, generación e ideología. Desplegando morosas espirales, Contra natura emprende un análisis (a ratos brutal, a ratos delicado) de las emociones y apetitos de esos cuatro personajes, cuyos cuerpos y almas se cruzan a lo largo del argumento en un constante, lúbrico enroque. Todo ello es cierto, y su trascendencia sociológica (incluyendo sus polémicas y muchas veces discutibles moralejas) está fuera de duda.
Ahora bien, más allá de ese valor sociológico, o digamos que por entre las piernas del asunto, se cuela otra cuestión no menos extraordinaria y que marca la diferencia entre cualquier ensayo interesante sobre la cultura gay y la novela de un narrador maestro: el lenguaje. El lenguaje es la verdadera libido de Contra natura, el quinto amante del libro y, sobre todo, el primero de Pombo. De poco servirían las consideraciones filosóficas o las profundas (y agotadoras) disquisiciones de la novela, sin la carne viscosa, impulsiva y extrañamente poética de su estilo. Por su propia naturaleza extrema, contra natura de toda convención clásica, el estilo del autor obliga al lector a tomar inmediato partido estético: Pombo disgusta o fascina, repele o atrapa. No cabe la tibieza en su lectura, ni tampoco en el personaje desaforado, cómico e irritante que su autor ha construido para el público, o para defenderse de él.
La omnisciencia de Pombo, su voz exagerada, es un festival óptico y una carnicería psicológica. Y, si no fuera porque a uno le da grima la palabra ‘prosodia’, se aventuraría en doctorales observaciones acerca del laberinto rítmico y la pasión orquestal de su sintaxis. Es, en definitiva, el nuevo concierto de la orquesta contranatural de ese señor tan raro, tan pedante y tan potente que escribe con lírica inteligencia, con vísceras pensantes. A Pombo y platillo.
Posted by calidad200 at 17:59:21 | Permalink | No Comments »

Parientes po bres del diablo, Cristina Fernández Cubas

Tusquets. Barcelona, 2006. 184 páginas. 15€

Ya me he referido en otras ocasiones a la autora Cristina Fernández Cubas, como una de las proyecciones más lúcidas de la literatura española del último cuarto de siglo. Concretamente, fue con motivo de la publicación de Hermanas de sangre, una obra de teatro innovadora en la que aquellos que veníamos siguiendo su trayectoria pudimos contemplarla una vez más en plena madurez literaria. No resulta Cubas a simple vista una autora fácil de leer. Y no lo resulta, porque dentro de su particular ecosistema han encontrado cabida todos aquellos elementos destinados a mayor gloria que la que en principio se nos ofrece. Es decir, Cristina Fernández Cubas podría posiblemente en sus relatos haber utilizado otros recursos estilísticos, e incluso temáticos. Y también probablemente, caso que su literatura se hubiese orientado por los derroteros que experimentaban otros autores coetáneos suyos, su obra hubiera sido más abundante. Pero también, más mediocre. Y en medio de ella, como una exhalación, surgió en el mejor momento de los posibles El columpio. Referirse a El columpio como una novela, no deja de ser un eufemismo, y hacerlo como un relato largo, un disparatado acertijo. Así que lo haré como la obra que a muchos autores españoles les hubiera gustado escribir. ¿Por qué?. Por la historia elegida, por el perfil de los personajes representados, y por el sorprendente desenlace, que rayando lo onírico nos envuelve en una atmósfera de seducción de la que nos vemos imposibilitados para salir. Por todo ello, cualquier nueva aparición en escena de Cristina Fernández Cubas es una alegría para quienes la seguimos desde hace años, y más si lo hace abordando, como es el caso, el género del relato breve, donde ha demostrado ser una consumada maestra. Y no defrauda con Parientes pobres del diablo, donde vuelve a plasmar como nadie los sueños de nuestra infancia, los recuerdos de nuestra adolescencia e incluso las pesadillas de nuestra pretendida madurez, y a transportarnos, sin quererlo, a ese otro mundo desconocido y mágico que siempre, queramos o no, se encuentra oculto en el otro lado del espejo.
En Parientes pobres del diablo nos presenta tres cuentos largos (o novelas cortas) de voracidad vampiresca, repletas de supuestas maldiciones, fantasmas y como no, esa atmósfera onírica tan característica que la hace ser junto a Pilar Pedraza una de las Grandes Damas del Gótico español. Lo de menos es descubrir el significado del término Heliobut, tan repetido como una maldición en uno de los cuentos o convencerse de la existencia de un demonio irónico y autocrítico en el relato que da titulo al libro. Lo verdaderamente importante es leer el libro como lo que verdaderamente es: una lección de literatura entre tanta mediocridad narrativa. Y eso, si me permiten la licencia, que no es su mejor libro, lo que dice mucho a su favor.
Posted by calidad200 at 17:57:47 | Permalink | No Comments »

Los ex cluídos, Elfriede Jelinek

Debolsillo. Barcelona, 2005. 256 págs. 8,50 €



A los personajes centrales de esta novela, cuatro amigos adolescentes en la Alemania de la segunda posguerra mundial —una época poco literaturizada en la que apetece indagar—, los une su excentricidad, mejor dicho, sus respectivas excentricidades, distantes entre sí pero con una característica común: el afán por explorar estéticamente la agresión y la violencia. Pertenecen a la generación de los hijos de quienes participaron en la contienda y proceden de familias tan distintas que, entre los cuatro, abarcan todo el espectro social de la Alemania de aquella época: El padre de Rainer y Anna fue miembro de las SS y es un mutilado de guerra. La familia de Sophie es rica y permaneció neutral. Hans es hijo de sindicalistas; su padre fue asesinado y su madre, que sigue levitando de esperanza con cada pegada de carteles, le considera un traidor a su clase. Viven en la Alemania de la reconstrucción y el ánimo que el Estado les reclama para llevarla a cabo es un ánimo esperanzado.
Jelinek ha heredado el magnífico y pesado fardo de la literatura austriaca, y utiliza una prosa envolvente, hecha con diferentes ritmos y diferentes voces, que convierte la narración en pensamiento casi sin que nos demos cuenta. Tiene capacidad para aislar detalles, teje la novela adensando unos pocos y haciéndolos recurrentes; son los hilos que tensan la historia y arrastran a los personajes, anécdotas aparentemente accidentales que, a pesar de ser casi inaprensibles, definirán la memoria de lo que estamos leyendo. Hay otras imágenes, éstas tan rotundas como la de las maletas y las cajas apiladas, convertidas en paredes, en la casa de Rainer y Anna, cuyos padres tienen un agudo síndrome de Diógenes con graves repercusiones en el carácter de sus vástagos; su casa les influye y determina tanto como la mutilación del padre, mutilación que ellos heredan en lo espiritual y que proyectan a través de la poesía, la música y la violencia. Sophie y sus caricaturescas descripciones, la Musa perfecta, con su atuendo de tenista, rica, ágil, bella y sádica. O Hans y el mundo que le rodea, el de los obreros, del que intenta escapar a través del deporte y de esos tres amigos con ínfulas intelectuales
Esta novela de iniciación aborda muchos temas delicados: la imposibilidad de sustraerse a la cadena genética, la crueldad como exploración y camino de auto-conocimiento, el sexo, el arte, la creatividad y el valor del dinero, el poder, la estética, pero el tema que mejor trata es el de la necesidad de un grupo cerrado como el elemento fundamental para mantener el espejismo; el grupo es el que permite a sus miembros apuntalarse mutuamente y conservar su complejo de superioridad. Un complejo que para aquellos que no triunfan, y triunfar es conseguir la atención continua que su bestia requiere, se convierte en una patología grave: pasada la adolescencia, época de esplendor de la paranoia egocéntrica, los individuos que siguen padeciendo esta dolencia suelen perecer auto-devorados. En ese momento deja Elfriede Jelinek a sus personajes, cuando caen, presas del deslumbramiento.

Elfriede Jelinek
Mucho hemos sabido de esta escritora Austriaca, nacida en 1946, desde que el 7 de octubre de 2004 se le concediera el premio Nobel de Literatura. Su personalidad, sus opiniones y sus gestos no dejan a nadie indiferente, si bien lo más comentado ha sido su imposibilidad de recoger el premio porque padece fobia social. Aunque Elfriede Jelinek fue conocida un poco antes, cuando en el año 2001 el director de cine Michael Haneke filmó una película basada en su obra; La profesora de piano.
Esta autora, que manifestó su temor de que Austria se colgara una medalla con su premio Nobel y cuya influencia en su país natal es tan fuerte que el líder del partido de extrema derecha Jörg Haider, acuño como consigna electoral la frase «¿Prefiere cultura o Jelinek?», esta cercana en sus opiniones a Thomas Bernhard o Peter Handke, y lo esta también a un interesante grupo de autores austriacos denominados «los anti-patria» cuyos nombres y obras traducidas queremos mencionar y recomendar: Ernst Weiss, El testigo ocular (Siruela) Jarmila. Una historia de amor de Bohemia (Minúscula); Franz Werfel, La muerte del pequeño burgués (Igitur) y Los cuarenta días del Musa Dagh (Losada). Veza Canetti, Las Tortugas (Seix Barral); Christoph Ransmayr, El último mundo; (Seix Barral); Norbert Gstrein (1961), Los años ingleses, Tusquets; Robert Menasse, La expulsión del Infierno, Alianza Editorial.

Vida y época de Mi chael K, J.M. Coetzee

Traducción y revisión de Concha Manella. Mondadori, Barcelona, 2006. 187 págs. 16 €


Si ustedes, como yo, son de los que prefieren no saber nada del autor antes de leer un libro, no les diré que J. M. Coetzee ha ganado los premios de mayor prestigio literario. Si ustedes, como yo, ya han leído algún libro de este Premio Nobel de Literatura en 2003, Premio Booker en 1999 por Desgracia y en 1983 por Vida y época de Michael K, el libro que ahora edita Mondadori, ya sabrán quién es Coetzee sin que yo se lo diga.
Pero ¿quién es Michael K? ¿Sólo «un hombre escuálido con el labio retorcido» (pág. 172)? ¿Un idiota? ¿Un simple? Parece que sí. ¿A quién más se le puede ocurrir, en los albores de una guerra civil, «¿O es que mi memoria falla y la he confundido con otra guerra?» (pág. 163), transportar a su madre enferma a la granja donde vivió sus mejores momentos? Así empieza esta historia.
Vivimos tiempos de lo políticamente correcto y parece necesario alguien que levante la voz y señale, lejos de los tópicos y típicos provincianismos, los males de nuestra época. La literatura también sirve para eso. Cierto: muchos son los escritores que lo intentan y malgastan toneladas de papel en sus aburridos panfletos, pero afortunadamente, cada poco, brota entre tanta pose un escritor capaz de conjugar la denuncia con el arte, un escritor con la precisión de un cirujano y la sencillez del sujeto-verbo-predicado, que muchos literatos quisieran dominar algún día.
Coetzee, en este libro, narra de forma aséptica, casi pornográfica, sin intriga y sin construcción de personajes, la muerte por desgaste de K. «Alguien como él no debería haber nacido nunca en un mundo como este.» dice el médico que le trata (pág. 162). Su labio leporino, sus pocas luces (¿o será la pena?), le hacen esperar la muerte sin recurrir al delito. Cualquiera con un cociente de inteligencia superior se justificaría a sí mismo para matar, robar o violar; ya se sabe: donde los idiotas plantamos semillas, los soldados plantan minas antipersona. Son tiempos de guerra, en la literatura, en la vida, todo vale

sandaliascomplementoirresistibleirresistiblesalucine alucinesalucinasbolsosalucinandoalucinadaschicostemporadatemporadas modernosveranoinviernomaravillosovanidadvanidades triunfadoresconfundidohartoshartasepilogoepilogosminutos poesiasconsciente

Posted by calidad200 at 17:56:41 | Permalink | No Comments »

Joan Fon taine Odisea, Agustín Fernández Mallo

La Poesía, Señor Hidalgo, Barcelona, 2005. 137 pp. 12 €

Joan Fontaine Odisea se presentó al mundo en Palma de Mallorca el pasado mes de febrero; como maestros de ceremonia, actuaron Román Piña, Marta Aguado, y un ¿testimonial? bote de Nocilla, dado que el autor está embarcado en un proyecto artístico experimental denominado Proyecto Nocilla, inspirado en la teoría del rizoma de Deleuze y Guattari y en los aspectos más fascinantes de la globalización. El cuerpo de la odisea, cuya lectura os recomiendo, está formado por 81 atípicos poemas en los que se reivindica la postmodernidad de una manera lúdica y extraordinariamente creativa, en perfecta coherencia con el concepto de «Poesía postpoética» acuñado por el autor y brillantemente expuesto en la revista Lateral en diciembre del 2004. No debería sorprendernos, en quien opina que la realidad es básicamente información —códigos a interpretar— la concepción de un libro-performance basado en la ininterrumpida proyección de la película Rebeca, protagonizada por Joan Fontaine, durante 365 días. Huelga decir que, como profesional concienzudo que es, Fernández Mallo nos presenta un acta notarial que da fe de lo anteriormente expuesto, amén de un registro documental en video fijo diurno y nocturno; una experiencia remotamente emparentada con la mística (me pregunto si se trata de una performance o una deconstrucción) en la que el poeta rozó, al menos en intención, la erótica del éxtasis. Hasta aquí llega la parte lúdica del poemario; entremos ahora en materia.
El pensamiento que destilan sus 137 páginas presenta contenidos muy profundos a través de elementos rabiosamente contemporáneos, donde las matemáticas y la física juegan un papel decisivo. Objeción: Quien no tenga unos conocimientos científicos mínimos, quedará al margen de los hallazgos más notables. En cualquier caso, estamos ante una iluminadora mezcla de ciencia y poesía cuyos antecedentes se remontarían a la obra de Tales, Heráclito o Anaximandro, a un tiempo en el que la separación entre ciencia y poesía no era del todo efectiva. Estructurado en secciones y subsecciones numeradas, réplica del Tractatus Lógico Philosophicus de Wittgenstein, el poemario huye del fundamentalismo poético dando paso a una estética peculiarísima; La proposición 25, o, si se quiere, el poema número 25, está formulado como un teorema. Como una rara mutación, la obra supondría una interrogación sobre el lenguaje y la crisis de la representación convencional, la reformulación de la estética poética contemporánea. Antológica resulta la metáfora con la que el autor relaciona la subjetividad y la función delta de Dirac, aquella que permite pasar del mundo continuo de los objetos al discontinuo de los procesos cuánticos. Si, como él dice, la vanguardia irrumpió hace más de un siglo en las artes plásticas, ¿Por qué no habría de reflejarse similar renovación en el campo poético? Para aquellos que se resisten a aceptar el uso de ciertos «signos» en un poema, les recordaré que verso y ecuación comparten lo más básico; ambas son expresiones sintéticas de algo complejo de definir, a las cuales no es posible añadirles o restarles nada sin detrimento o total fracaso del resultado. Con todo, Fernández Mallo no inventa nada nuevo por más que emplee elementos propios de la física en su juego postpoético; lo experimental, ligado o no a la filosofía o al arte, ha existido siempre. Lo que sí me resulta muy refrescante es el resultado de su trabajo, la hibridación de su lenguaje y las imágenes que nos ofrece alguien que parece estar sumido en un permanente tête à tête con lo invisible. Suele decirse que nunca aspira la belleza a producir relajo, tranquilidad o hedonismo, sino tensión, y el libro de Fernández Mallo, una de las voces más interesantes y honestas del panorama poético actual, es un buen ejemplo de ello. Leedlo sin prejuicios y disfrutad mientras tanto de este pequeño aperitivo:

Entre dos contajes consecutivos de un contador Geiger
hay una fracción infinitesimal de tiempo
en la que al circuito no le es posible contar nada. A esa
pequeña desaparición de la realidad se le llama
Tiempo Muerto (T). Así viene escrito en cualquier texto
de física atómica este fenómeno
fascinado toda la noche en tus ojos
porque al terminar no ha mermado ni aumentado
mi conocimiento acerca del mundo
bendita seas
otoño en el que el verano cae
de nuevo a mi cielo mi wild puppet I love you so
muñeca de cera o de algodón

meditativa
y simultáneamente instantánea, tu ruido es blanco,
en qué estado de la materia te consumes.
Luz y sombra saturas.

También nosotros somos custodios
de un metal pesado, lujosas gotas
de mercurio amante,
amantes en Tiempo Muerto.
Bendito sea el reloj que desaparece (T)
(para dos nuevos estados
de la materia)

Pelo de zana horia, Jules Renard

Lumen. Barcelona, 2006. 221 págs. 13,90€

Jules Renard murió en París en 1910, después de haber compartido mesa y ciudad con Verlaine, Toulouse-Lautrec, Marcel Schwob, Valéry y tutti quanti, amigos de los que despachó a gusto en sus Diarios (1887-1910), publicados tras su muerte (en España, en Mondadori, 1998) y quizás su obra más conocida, en la que hacía un repaso feroz de la bohemia de café y buhardilla del fin de siglo, una crítica implacable de la que no se libraba ni el mismo Renard. Anteriormente publicó (sin traducción al español) Crime de Village en 1888, dedicado a su padre, un francmasón que acabó sus días descerrajándose un tiro en el pecho, y L’Écornifleur (1892). Con Toulouse-Lautrec publicó Historias Naturales en 1899, una serie de conmovedoras viñetas de la vida en la campiña animadas con dibujos del pintor (hay traducción de Joan Riambau, con las ilustraciones originales y un CD que Maurice Ravel compuso a partir de los textos, en Círculo de Lectores, 2002, una pequeña joya). Son textos muy breves, casi aforismos, escritos con la agudeza estática del que sabe mirar con la paciencia de un buey, y no son felices. Jules Renard no lo fue en ninguna parte. Nacido en Châlons-du-Maine (heladas en invierno), a orillas del Yonne (moscas en verano), en 1864, pronto fue a vivir a Chitry y de ahí saltó a estudiar a París de donde no se llevó sólo los malos recuerdos de las penurias y los primeros fracasos literarios. Allí también conoció a Marie Morneau, con quien se casa en 1888, cuando ella contaba diecisiete años y una buena dote de las de antes. Tendrán dos hijos, compartirán vida y viajes entre París (donde Monsieur Jules funda Le Mercure de France y entra con pie huraño en la Academia Goncourt) y Chitry, pequeña ciudad de provincias donde había pasado parte de su infancia y donde posteriormente fue nombrado alcalde en 1904, un alcalde progresista y republicano, muy movilizado por el caso Dreyfus. La muerte le sobrevino de manera fulminante, a los cuarenta y seis años, en París.
Poil de Carotte debe su nombre al de la casa donde Renard pasó su primera infancia, circa 1870, y donde vivió doce años de infelicidad sin tregua. Pero Pelo de Zanahoria también es él, el pequeño Jules, melancólico y brutal. Al igual que Historias Naturales, Pelo de Zanahoria está compuesto a modo de secuencias o viñetas sin continuidad aparente en las que rememora la campiña, esa campiña de verdín en los muros, orinales fríos y velas que se apagan en la casa donde vivía con sus dos hermanos mayores (Ernestine y Félix, taimados y distantes) y sus padres, los señores Lepic. Mamá Lepic merecería por sí sola en un tratado académico de antipedagogía. De una perversidad casi cómica, casi enternecedora, compone la voz de fondo que se escucha a lo largo de toda la obra. Mamá Lepic genera mala saña con una comicidad que hiela la sonrisa; una crueldad que recorre la mesa de la cena como se pasa el pan de mano en mano y que Pelo de Zanahoria, por alguna razón, recibe de una buena gana un poco aterradora. Si es la madre la que al principio de la obra llega a estremecer (Papá Lepic se limita a mirar desde una esquina), a medida que avanzamos en el texto descubrimos que esa mala sangre acaba aflorando también en el pequeño y solitario Pelo de Zanahoria. Lo descubrimos en capítulos como el de Las mejillas rojas, en El topo. En El gato describe sin pestañear cómo le revienta la cabeza a un gato de un disparo por el sólo gusto de verlo morir y luego se duerme abrazado al animal, cara a cara, agotado, y sueña: «Los pedazos del gato llamean en las pequeñas redes a través del agua transparente». El resto de los capítulos son de este calibre, líricos y mortales y disparan contra todo lo que le rodea: la casa, el colegio, las partidas de caza, la expulsión de la criada Honorine (quizás la mejor de las viñetas), las conversaciones demoledoras con Papá Lepic. Renard es implacable, es poético hasta provocar lágrimas y mordaz siempre, y desde luego no perdonó a nadie en su vida o al menos en su literatura. Ni siquiera a Pelo de Zanahoria.
La traducción y el prólogo de la versión española son de Ana María Moix y quizás lo único que se echa en falta es que se citara el nombre del autor de las pequeñas ilustraciones que ilustran los textos. Son de Félix Vallotton, amigo, si es que los tuvo, de Monsieur Renard.

Posted by calidad200 at 17:55:22 | Permalink | No Comments »