El sentimiento cautivo
Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005. 292 páginas, 15€

¿Qué entendemos por literatura popular? ¿La deliberadamente orientada al gran público? ¿La que los propios lectores convierten en obra de masas? ¿Resultan incompatibles la calidad y la cercanía? Salvador Gutiérrez Solís provoca, desde sus primeros títulos, estas preguntas: un escritor de vocación mayoritaria, que desarrolla historias muy atractivas con un estilo sencillo y visualmente potentísimo, muy cinematográfico, atrapando desde las primeras líneas. Obras como La novela de un novelista malaleche o Spin off no desentonarían en el catálogo de una editorial todopoderosa, o sí: endiabladamente bien escritas, su carpintería revela a un autor de solvencia bastante superior a la media. Esta situación podría —debería— cambiar con El sentimiento cautivo.
Lejano por tono y tema a sus obras anteriores, El sentimiento cautivo es, desde su planteamiento, un texto de oficio. La estructura —fascinante— es, a la vez, un juego cervantino y de matriushkas: tras escribir un artículo sobre los creadores censurados en la Córdoba de la dictadura, un periodista recibe, de manos de una anciana, el relato de un año en la vida de la madre de un célebre pintor coetáneo a él. Es decir, el periodista halla un manuscrito —las memorias de Adela Guzmán— que presenta como novela, bifurcando la acción en dos planos: el de la narración de Adela —a su vez, narración de los hechos vividos con Mercurio, y de un alegórico viaje posterior en su busca—, que transcurre en los años 50, y el de la lectura de Julio, en la actualidad, que transforma su labor creadora conforme la lectura avanza y los secretos se descubren. La historia es sencilla: Adela Guzmán, propietaria de una droguería, huérfana, emprende una relación —mitad amistad, mitad amor platónico— con el pintor Mercurio, bohemio y polémico en la posguerra provinciana.
Sobresalen, fagocitando a Julio, Adela y Mercurio, atípicos por características y contexto en la trayectoria del novelista. En ellos reside, creo, el mayor hallazgo de El sentimiento cautivo: sufre el lector con ellos, se alegra con ellos, se identifica porque son creíbles. Aunque el tono de Adela coquetea con el tópico —«También le sorprende a Julio el estilo literario de su madre. Un estilo cursi, ñoño y recargado para su gusto, pero que denota cierto manejo del lenguaje y de las formas», escribe en los primeros capítulos Gutiérrez Solís, en un gesto quizás autoparódico—, especialmente en el viaje en tren, no cae nunca en él, evolucionando la actitud de la mujer conforme la narración avanza. Sin embargo, y por encima de Adela, la verdadera estrella es aquí Mercurio: un personaje apasionante y apasionado, dibujado a base de excelentes diálogos, de los que valen —sí, es una sugerencia— para varias novelas.
El sentimiento cautivo habla, en resumen, de la libertad: para pensar, actuar y sentir. Pero también reflexiona en torno a la creación libre, la de Mercurio, la de Germán Bonares, la del propio Julio Guzmán tras conocer sus orígenes. Desconozco si sus próximas novelas continuarán el rumbo que El sentimiento cautivo ha iniciado, o se acercarán más a relatos como La memoria del fotógrafo, incluido en la antología Golpes (DVD, 2004). Lo que sí es cierto es que El sentimiento cautivo marca un punto de inflexión en la trayectoria de Gutiérrez Solís, amplificando público y probando en un terreno diferente, mucho más emocionante, que consigue el que —a mi juicio— debe ser objetivo prioritario: conectar con el lector. ¿Literatura popular, entonces? Si el fruto es una novela como El sentimiento cautivo, bienvenida sea, pues.
Salvador Gutiérrez Solís: «Lo que más me apasiona de la literatura es la posibilidad de seguir aprendiendo»

—La Guerra Civil y la posguerra más inmediata son temas habituales en la narrativa española reciente; sin embargo, tu novela aborda una época más desconocida para los lectores. ¿Crees que revisar desde la escritura estos años es necesario? ¿Por qué crees que el exilio, y más el exilio interior, ha atraído tan poco a los escritores?
—La mal llamada Guerra Civil y sus terribles aledaños han sido el argumento de infinidad de novelas; de hecho, en la actualidad vivimos una auténtica eclosión del tema, en lo que ya casi podríamos definir como un nuevo género –que los estudiosos bautizarán próximamente. Algunos títulos son piezas claves sin las que nos sería muy difícil de entender la narrativa española del siglo XX, y del XXI, a tenor de las últimas publicaciones.
No situaría El sentimiento cautivo dentro de este grupo de novelas. El franquismo sólo dibuja un triste decorado que se repite en todas las dictaduras, y del que me valgo para contar otras historias. En El sentimiento cautivo apenas me detengo en la represión política o en los sucesos o efectos de la guerra, que suelen ser características fundamentales de las novelas a las que me refería anteriormente. Abordo la represión artística, pero, sobre todo, El sentimiento cautivo es una novela sobre la represión emocional o sentimental que padecieron millones de personas. Una represión masiva, la gran pandemia del franquismo. Lesbianas, homosexuales, ateos, amas de casa, matrimonios fracasados, hijos ilegítimos, relaciones humanas, vidas, en definitiva, condenadas a desarrollarse en las alcantarillas de la sociedad porque no coincidían con la moral que el régimen impuso.
El franquismo creó millones de islas emocionales, personas que lo desconocían todo, que ignoraban otras formas de vida, de relacionarse, otras formas de amar. Adela Guzmán es una de estas islas, y, a su modo, con más arrojo que lógica, quiso escapar de su isla, una vez descubierta la desconcertante luz de Mercurio, su única brújula en la tormenta. Se pega un buen chapuzón mi adorada Adela, pero creo que sólo el viaje, intentarlo, le mereció la pena…
—El humor (en forma de sátira, parodia o ironía) era una constante en tus anteriores novelas. Sin embargo, en El sentimiento cautivo ocupa un plano más que secundario… ¿La historia no lo pedía?
—Como lector me aburren profundamente esos escritores que repiten la misma novela, una y otra vez, a lo largo de su vida literaria. Como escritor lo que más me apasiona y atrae de la literatura es la posibilidad de seguir aprendiendo —formal/técnica/humanamente—, siempre en el camino, avanzando, sin ver ese rótulo donde debe aparecer la palabra «meta». En El sentimiento cautivo me he probado una vez más, de diferentes maneras: colándome bajo la piel de una mujer; adoptando una nueva voz; alejándome de todas mis anteriores novelas; construyendo una historia «más normal» sin renunciar a ser yo mismo; visitando registros y lugares que me eran desconocidos.
Indiscutiblemente, el tema, la historia, no dejaban mucho espacio para el humor y la ironía. No podemos olvidar que fueron cuarenta largos años de millones de lágrimas y apenas unas cuantas sonrisas, y casi siempre cautivas.
—¿Conoceremos los lectores otro año de Mercurio más? ¿O es un personaje cuyo ciclo ya se ha cumplido?
—El sentimiento cautivo es el principio y final de Mercurio, Adela, Julio y todos los personajes que habitan la novela. No se me ha pasado por la cabeza mantenerlos o continuarlos en una nueva historia. Ya me tuvieron que aguantar mucho, los pobrecillos, con la que ya tuvieron que aguantar ellos, además, como para que les siga dando la tabarra…
—Tras el punto de inflexión que El sentimiento cautivo supone, ¿en qué proyecto trabajas actualmente?
—Me devano los sexos en una novela muy extensa que mis editores tratarán de liposuccionar, en la que se entrecruzan tres historias completamente diferentes, que podrían funcionar perfectamente individualmente, pero que globalmente adquieren otra dimensión, igualmente unitaria. Una novela muy contemporánea, muy urbana.
Igualmente, estoy bombeando sangre, malaleche y humor en el alocado corazón de Germán Buenaventura. O lo que es lo mismo: reviso el regreso del Novelista Malaleche, que para este otoño —presumiblemente— estará de nuevo en las librerías. Aún no quiero adelantar el título, pero sí puedo avanzar que es mucho más divertido, más tenaz, más incisivo y más metaliterario que La novela de un novelista malaleche.
Como antes decía: más camino, más aprender o intentarlo, buscar en el baúl de las palabras, querer contar las cosas de otro modo, o a mi modo, no sé.